
Buscaban un dispositivo rápido, fiable y de
bajo coste, y tras largos años de investigación lo han conseguido. En el
grupo de investigación de bioelectroquímica y biosensores de la
Universidad Alcalá de Henares en España (Ref CCEE2006/F29), que dirige la
doctora Elena Domínguez Cañas están muy cerca del prototipo de lo que
puede convertirse en uno de los grandes aliados de los ganaderos,
productoras lácteas y organismos de control para garantizar productos de
calidad al consumidor.
Lo fundamental
y trascendente de este nuevo dispositivo, que cabe en un bolsillo, es que
la detección de los residuos puede realizarse en etapas iniciales de la
cadena de producción de alimentos. Esta tecnología, basada en biosensores,
está habilitada para detectar allí donde sea necesario alimentos que
contengan componentes químicos, que bien por su toxicidad o por su
excesiva concentración provoquen reacciones adversas al ser consumidas o
utilizadas para la alimentación humana o animal.
“El
dispositivo que hemos desarrollado es capaz de realizar mediciones en
granja, en unas condiciones no estandarizadas de laboratorio, sin
necesidad de personal cualificado; es decir, que lo podría usar el propio
granjero, y desde luego garantiza la seguridad alimentaria. Por ejemplo,
se pueden detectar residuos en leche en una determinada explotación
proveniente de una vaca medicada, pudiéndose retirar antes de que se
mezcle con otras leches y se contaminen todas las partidas”, explica esta
profesora de la UAH, que dirige desde hace años al grupo de investigación.
Elena
Domínguez no se engaña ni engaña a nadie: “sería ingenuo pensar que los
animales dedicados a la producción de alimentos no están medicados, porque
la mayoría lo están bajo control veterinario; por ejemplo, las vacas
sufren con frecuencia mastitis. Tampoco nos deben de sorprender prácticas
fraudulentas como suministrar a los animales corticosteroides, que
potencian el crecimiento y ofrecen una ‘mejor vista’ de la carne, o
medicar para prevenir infecciones.
El problema
estriba cuando se hace un uso indebido o no se respetan los tiempos de
retirada que marcan la legislación y esa materia prima llega al mercado o
a etapas en las que resulta mucho más compleja su detección”, matiza.
Por eso el
objetivo de este nuevo instrumento de medir determinados compuestos
químicos, allá dónde se requiera, no es otro que “democratizar la
información química de los alimentos”, hecho que se interpreta como “hacer
accesible a cualquier interesado la información química que garantice la
seguridad alimentaria” y, sobre todo, que cualquier problema de
contaminación química alimentaria se pueda detectar antes de que llegue al
producto final en la industria de transformación o en el peor de los casos
en el producto final en el supermercado, porque el impacto económico y
social sería mayor.
La doctora
Domínguez Cañas no quiere generar ningún tipo de alarma: “no se mide ni se
controla todo, aunque sería falso decir que el alimento que llega al
consumidor no está muy controlado. Se controla lo que se puede medir, pero
lo que no se conoce ni se puede medir no se puede controlar y éste es uno
de los problema en el fraude alimentario. No se trata de generar falsas
alarmas, se trata de desarrollar tecnologías que nos permitan conocer y
controlar la presencia de compuestos químicos en los alimentos que merman
su calidad y ponen en risego su seguridad”.
¿Cómo funciona
el dispositivo?. Sencillo, ya lo hemos dicho. La placa sensora permitiría
detectar el residuo y transformar esa señal en información. “Podríamos
compararlo con los dispositivos que utilizan los diabéticos para la medida
de la glucosa en sangre. El inmunosensor se sumerge en la leche y tan sólo
30 minutos después se puede saber con fiabilidad si la muestra de leche,
pienso o carne está dentro de los límites establecidos por la legislación.
Esta información se puede enviar por GPRS, WIFI o Wimax a la central
permitiendo un registro fiable de las partidas de leche que están
contaminadas y las que no, en tiempo real”.
El dispositivo
es portátil, pesa poco, funciona con batería y, sobre todo, trabaja en
tiempo real y es barato. Un análisis de residuos de antibióticos en
cromatografía líquida con detección de espectrometría de masas -técnica
habitual que se realiza en un laboratorio- puede costar unos 200 euros; en
este caso, el análisis no costaría más de 3 euros.
El dispositivo
es “revolucionario”. El tiempo dirá si es comercializable o no. De
momento, el grupo de investigación, que hasta ahora se ha financiado
gracias a las ayudas aportadas por el Plan Nacional de Agroalimentación en
I+D y a los proyectos del IV, V y VI Programa Marco Europeo, trabaja en el
modelo de utilidad en colaboración con el Departamento de Teoría de la
Señal de la Escuela Politécnica de la UAH y, por tanto, están muy cerca de
un prototipo. Sólo hay que esperar.
Fuente: UAH – Universidad de Alcalá de
Henares |